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La crianza de los hijos: premisas científicas frente al sentido común

Reseña

La crianza de los hijos: premisas científicas frente al sentido común

Lucy Delap, Universidad de Cambridge;

Dalton Conley: Parentology: Everything you wanted to know about the science of raising children but were too exhausted to ask (Nueva York: Simon & Schuster, 2014).

Amy Chua: Madre tigre, hijos leones: una forma diferente de educar a las fieras de casa (Madrid: Temas de Hoy, 2011).

¿Cómo debemos criar a nuestros hijos? ¿Cómo conseguir que sean ciudadanos triunfadores, felices y perfectamente adaptados? En 1948, dos de los hijos de Lillian y Frank Gilbreth, expertos estadounidenses en el análisis de la racionalización del trabajo, relataron por escrito su extraordinaria infancia en una familia de doce hermanos. Los Gilbreth racionalizaron la crianza de sus hijos con la idea de maximizar los resultados con el mínimo esfuerzo. Estas memorias, tituladas Trece por docena, retratan en parte el espíritu de la sociedad estadounidense de la década de 1920, que ensalzaba la eficiencia, el espíritu empresarial y el rendimiento. Vistos desde la perspectiva actual, los experimentos realizados por los Gilbreth con gráficos de secuencias y del trabajo para hacer un seguimiento de las pautas higiénicas de sus hijos nos parecen alienantes y reglamentistas. Pero ¿hasta qué punto hemos cambiado? Las guías para padres y madres del siglo xxi resultan inquietantemente similares a las memorias de los Gilbreth. En Parentología: todo lo que quería saber sobre la ciencia de la crianza pero no preguntó por agotamiento, Dalton Conley da cuenta de sus intentos de perfeccionar su forma de ejercer la paternidad. Sus métodos van desde las extravagancias progresistas hasta el pseudocientifismo y la manipulación extrema.

Parentology, escrito por un científico social con una larga carrera académica en diferentes universidades estadounidenses, cita de modo ecléctico estudios sociológicos, económicos y psicológicos para explicar cuál es la mejor manera de criar a los hijos. Aunque a veces adopte un tono irónico, Conley aspira realmente a moldear a los niños para que triunfen en la vida. Entre los objetivos que persigue figuran tanto los resultados exitosos en aspectos previsibles como las buenas notas, el acceso a las mejores universidades y el dominio de las convenciones sociales, junto con otros menos tangibles: se diría que la capacidad de automotivación y la postergación del placer son los valores de la ética protestante del trabajo que más desea Conley inculcar a sus vástagos. Los estrambóticos nombres de sus hijos –E, para la chica, y Yo Xing Heyno Augustus Eisner Alexander Weiser Knuckles Jeremijenko-Conley, para el muchacho– los eligió después de leer los últimos estudios psicológicos sobre la influencia de los nombres. De acuerdo con las conclusiones de estos estudios, los nombres inusuales fomentan el control de los propios impulsos al obligar a sus portadores a soportar las burlas de otros niños.

Al igual que los doce hijos de los Gilbreth, E y Yo se forman en un ciclo intensivo de aprendizaje organizado como una cadena de montaje. Dentro de una compleja economía compuesta de dulces, caprichos y sobornos monetarios, cualquier placer tiene su contrapeso en forma de trabajo o renuncia. Los resultados son con frecuencia chocantes. Los minutos de televisión o de ordenador se ganan haciendo problemas matemáticos. Y, si el niño acepta posponer el momento de ponerse frente a la pantalla, el número de minutos aumenta, ya que lo que se pretende es erradicar la tendencia infantil a vivir el momento. Con todo, a pesar de que se les prepare para utilizar un vocabulario de adultos y para alcanzar precoces logros literarios o matemáticos, los hijos de Conley son subversivos e imaginativos, y se resisten de diversas maneras a acatar las estrategias utilizadas para moldearlos.

Dalton Conley sabe perfectamente que cada uno de sus hijos tiene necesidades y preferencias diferentes.

Estamos ante las memorias de los superprivilegiados. De progenitores con trabajos muy bien remunerados y flexibles, que pueden permitirse sufragar los mejores profesores particulares y colegios privados, y de viajar por el mundo. De padres y madres que pueden interrumpir su jornada laboral para ir al colegio a recoger a sus hijos, supervisar las prácticas de música y contribuir a garantizar su éxito profesional. Por lo que estos métodos no sirven a quienes no puedan prodigar tantos recursos y dedicación a sus hijos.

Hay que reconocer que Conley al menos tiene claro que sus hijos son individuos con diferentes necesidades y preferencias; además, en última instancia, su conclusión es que, al margen de los esfuerzos que les dedique, las vidas de sus hijos dependerán tanto o más de su herencia genética que de la educación que reciban. Todos los capítulos del libro de Conley tienen una estructura similar: exponen las hipótesis, investigaciones y teorías de mayor actualidad sobre la crianza de un modo accesible para un público no especializado en la materia; explican sus intentos por aplicar las enseñanzas de estas teorías en la educación de sus hijos y, por último, ante la radical complejidad de nuestro mundo social, terminan cuestionando los presupuestos de las investigaciones antes presentadas. ¿Ofrecen las ciencias sociales respuestas que los padres puedan poner en práctica? Parece que no demasiadas.

Criar a los hijos en el siglo XXI

¿Qué ha cambiado entre las infancias de los Gilbreth en la década de 1920 y las infancias hiperestimuladas del siglo xxi? Unas y otras presentan un entorno de competitiva autosuperación, basada en los valores empresariales. Los hijos de Conley, como los de los Gilbreth, ahorran dinero, hacen tratos y aprenden a gastar con sensatez. Ahora el mercado es el trasfondo de nuestra vida privada, y la crianza de los hijos no es una excepción. Pero quizá lo que ha cambiado a lo largo del siglo xx sea la intensidad de la presión sobre los hijos. Conley señala que uno de sus hijos, al que le han diagnosticado trastorno por déficit de atención, necesita medicación para poder sobrellevar su intenso programa de actividades.

La madre tigre y la parentología parecen formas de crianza típicamente estadounidenses. Sin embargo, ambas critican a los Estados Unidos por ser un lugar intrínsecamente desprovisto de las tradiciones culturales en las que debe asentarse la crianza de los hijos. Para Conley, los estadounidenses «no tienen ni una cultura ni una historia comunes», lo cual explica que él recurra a las ciencias sociales para lograr la «armoniosa formación» de sus hijos. Por el contrario, se diría que está más orgulloso de lo que él mismo califica de tendencia ítaloamericana al alboroto, la impertinencia y el afecto; Conley también identifica una variante francesa de la crianza (el «crecimiento natural»), que permite a los niños desarrollarse «en libertad» (o, con un matiz menos neutro, «asilvestrados») y que recientemente festejaba Pamela Druckerman en Cómo ser una mamá cruasán: una nueva forma de educar con sentido común (2012). Amy Chua es partidaria de la «crianza a la china», por considerarla más disciplinada y respetuosa que los modelos estadounidenses. Está claro que las pautas de la crianza son distintas en cada entorno cultural, pero tanto la sociedad estadounidense como las de Asia oriental parecen proclives a visiones competitivas de la infancia y centradas en la posición social.

Para Amy Chua, el modelo de crianza chino es más disciplinado y respetuoso que el estadounidense.

Según Trece por docena, escrito desde una perspectiva infantil, el progenitor no es la principal influencia en la vida familiar. Lo que la socióloga Leonore Davidoff calificó de «entramado» de las familias complejas –hermanos, tías y tíos– diluye la presión de los padres. A los doce hijos de los Gilbreth los criaron tanto sus padres como sus propios hermanos. Sin embargo, las relaciones entre hermanos apenas se  mencionan en los libros de Conley y Chua. El entramado de las familias actuales, más pequeñas y cambiantes, es más débil. Esto permite que las presiones verticales que van del progenitor al niño cobren una mayor intensidad, con la intención de ayudarle a superar las pruebas sociales y educativas a las que tendrá que enfrentarse. En Parentology, Conley señala que ningún niño se quejará nunca de recibir demasiada atención. Pero puede que esto sea fruto del engreimiento de nuestra época. ¿Acaso a los hijos les beneficia que la atención de sus padres sea constante, intrusista y centrada en la obtención de objetivos? Tal como apuntaba Cómo ser una mamá cruasán, puede que les vaya mejor descubriendo por su cuenta el mundo y a sí mismos.

 

Lucy Delap

Profesora de historia británica moderna

Universidad de Cambridge, Murray Edwards College

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